lunes, 30 de junio de 2008

La vida es un Ceneval

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En alguna parte de sus lúcidas disertaciones sobre el saber universitario, Gabriel Zaid afirma que de la misma manera que “el Estado impuso la centralización de la violencia (...) no es inconcebible que los títulos lleguen a ser expedidos por una sola institución.” La variedad de títulos y, sobre todo la variedad de saberes que encierra el mismo título según la universidad que lo expide, devienen en la devaluación del título en sí mismo. Lo que no es una mala consecuencia si eso nos lleva a ver una de las realidades universitarias más escamoteadas: que los títulos, salvo cuando son de pieles aptas para cocinarse, poco sirven para la vida.
El Ceneval parece haber asumido las características de esa central de certificación que menciona Zaid, a pesar de no expedir títulos. Creada a principios de 1994, el Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior ha venido aplicando en todo el país sus exámenes de excelencia (dos de ellos con nombres de sondas espaciales: EXANI-I y EXANI-II) y muchas licenciaturas han adoptado dichas pruebas como un requisito obligatorio para sus titulaciones. ¿Y qué sucede cuando la palabra “requisito” se alinea con el adjetivo “obligatorio”? En variadas ocasiones: un drama.
Desde los inicios de nuestra vida escolar, los exámenes son un punto de referencia central, dado su carácter de tragedia inevitable. Por ello siempre se ha visto a quienes los exentan con cierto dejo de admiración y desprecio, como cuando alguien sortea una desgracia que por mayoritaria nos parece universal (una epidemia, por ejemplo). En la primaria aprendimos a concebir cada día de examen como un día negro y ninguna enseñanza ha sobrevivido con más persistencia en nuestra memoria que ésa. “Lo que se enseña por el miedo hace el saber temeroso”, dice Raoul Vaneigem. En nuestra cultura, el miedo se disfraza de superación: el ansia de alcanzar el escalón siguiente tiene mucho que ver con el terror de permanecer en el escalón donde todo mundo ya llegó.
El examen es un tortuoso instrumento de diagnóstico, pero también una alegoría del totalitarismo paterno que nos obliga a responder sólo lo que se nos pregunta. (De ahí que el repertorio de trampas utilizadas para aprobar sin haber estudiado represente, de alguna manera, un pequeño acto de desobediencia). Las pruebas han educado al estudiante para preocuparse en las respuestas mucho menos que en las preguntas y en el tono en que están formuladas. Las semanas de exámenes tienden a volverse, así, en un ejercicio adivinatorio del estilo de cada maestro. A todos nos encantaría que sólo nos cuestionaran sobre aquello que más nos apasiona: desgraciadamente en el Ceneval la pasión se subordina al estándar.
Estar sentado diez horas frente a una hoja de papel y a contrarreloj, sólo nos prepara para la burocracia, o la demencia en el mejor de los casos. Ahora que la educación ha dejado de sustentarse en dogmas (como en el medioevo) para convertirse en un dogma ella misma, los exámenes de excelencia han venido a ser una prueba de fe. Lamentablemente, las universidades no quieren tanto la excelencia como el certificado de excelencia; por eso, el Ceneval, como el celibato, promueve con insistencia el arte de sufrir innecesariamente. La lógica educativa ha ensalzado al saber con un particular sentido del padecimiento (¿no mencionan las placas de graduación la palabra “sacrificio” cada dos reglones?). Viéndolo de ese modo, el Ceneval es la consumación de un rito, a veces doloroso, que incluye estudiar con los amigos (nada tan inútil como prepararse en grupo; pero también, nada tan deprimente como estudiar solo), fotocopiar antologías ilegibles y preguntar a quienes lo hayan presentado antes su experiencia al respecto. Siempre he desconfiado de las pruebas; me parece que existen habilidades individuales que sus reactivos no alcanzan a cuantificar. Sonará estúpido decirlo, pero un examen de Ceneval sólo puede medir con exactitud “la capacidad para resolver exámenes de Ceneval”. Lo mismo sucede con los tests de inteligencia y las pruebas vocacionales. No me parece que diez horas sean suficientes para estimar la capacidad de alguien (entendiendo como capacidad a “toda aptitud proclive a ser medida aritméticamente”): hay quien en diez minutos se revela un idiota. Pero también hay quienes demuestran su talento precisamente por estar fuera del estándar.
Uno de mis sueños recurrentes es que el Ceneval contenga preguntas de literatura, sometidas a opciones de sentido común

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